La muerte de Héctor, que tiene lugar en el canto XXII de la Ilíada, es sin duda uno de los pasajes más destacados de la obra, y el que propiciará el final de la misma. Héctor, hermano del príncipe Paris, es el guerrero más fuerte del bando troyano; su muerte a manos de Aquiles dejará prácticamente indefenso a su pueblo.
Para entender el ensañamiento y la sed de venganza de Aquiles con el caudillo teucro, hay que remontarse a la muerte de su mejor amigo, Patroclo. Mientras Aquiles y sus mirmidones permanecían recluidos en el campamento por la injuria que le había proferido Agamenón a su líder, Patroclo suplica que le dé permiso para ir a apoyar a sus compañeros, a los que ve sufrir en el frente. Aquiles accede, pero con la condición de que vuelva cuanto antes, tras ahuyentar a los enemigos poniéndose la armadura del propio Aquiles. Patroclo desobedece las órdenes y, al aventurarse a las puertas de Troya envalentonado, se convierte en el objetivo primero de Apolo y luego de Euforbo. Es Héctor quien acude de último a rematarlo, aún viéndolo herido de muerte. Entonces Patroclo, mientras exhala su último aliento, le profetizará una terrible muerte a manos de Aquiles, convencido de que este vendría a vengarlo.
Efectivamente, tras conocer la noticia de la muerte de Patroclo, Aquiles renuncia a la cólera para encaminarse a Troya con el único objetivo de dar muerte a quien le había arrebatado a su mejor amigo. Los dos héroes se encuentran a las puertas de Troya para consumar el combate singular que debe acabar con la muerte de uno de los dos. En primer lugar, Héctor le pide a Aquiles respeto por el cadáver del que resulte muerto, que el ganador debe entregar a sus respectivos familiares, pero el Pelida lo rechaza rotundamente, cegado por la ira. Seguidamente, Héctor echa a correr temeroso por su vida, un acto que no demuestra cobardía, sino la humanidad de la que dota Homero a sus héroes. Con la ayuda de Apolo, el troyano consigue dar tres vueltas completas a la muralla de Troya sin ser alcanzado por el veloz Aquiles. A la cuarta vuelta y ante semejante situación, Zeus decide pesar las vidas de ambos guerreros y concluye que es Héctor quien debe morir. Es entonces cuando Apolo retira su ayuda al Priámida y Atenea desciende para apoyar a Aquiles. La diosa se metamorfosea en uno de los hermanos de Héctor, Deífobo, y lo convence de enfrentarse a Aquiles. Inmediatamente comienza una batalla de lanzas en la que Héctor advierte el engaño de la diosa. Aquiles, ayudado por Atenea, consigue atravesar el cuello de Héctor con su lanza. Él suplica una vez más que su cuerpo sea devuelto a su familia pero, ante la negativa del Pelida, le advierte que en un futuro morirá a manos de Apolo y Paris. Tras morir, acuden varios aqueos y, entre todos, se ensañan con el cadáver del troyano. Después, Aquiles ata el cuerpo a su carro por medio de unas correas que le atraviesan los tobillos, continuando con la deshonra al cadáver. Doce días permanece el cuerpo sin vida de Héctor a la intemperie y expuesto a los animales, sin embargo, no sufre ningún daño, pues Apolo lo unta con ambrosía en compensación. Príamo, padre de Héctor y rey de Troya, se acerca en persona a las naves aqueas y ofrece un rescate por el cadáver de su hijo. Aquiles se muestra reticente, pero Príamo suplica amargamente y al final acaba cediendo, conmovido por la valentía del anciano rey troyano y por el recuerdo que este le trae de su propio padre, Peleo. Homero demuestra una vez más que sus héroes no son meros personajes tipo, sino seres humanos que en muchas ocasiones actúan dejándose llevar por sus emociones.
GIULIA
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